Un carlista pionero de la sostenibilidad.

José María Castroviejo es, quizás, una de las figuras más injustamente olvidadas del panorama cultural gallego de la segunda mitad del siglo pasado. Mientras que la obra literaria y periodística de autores contemporáneos a Castroviejo, han sido reeditadas en numerosas ocasiones o han protagonizado antologías inéditas, la obra literaria y periodística de nuestro autor sigue esperando en librerías de lance y hemerotecas a que algún editor valiente las rescate. Sin embrago, la intención de este articulo no es aproximarse a Jose María Castroviejo en su condición de escritor notable o periodista, sino en su faceta de activista medioambiental.

Puede parecer algo chocante, pero en la Galicia de las décadas de los 50, 60 y 70 donde la lógica del desarrollismo era la doctrina impuesta por las instancias oficiales de poder, la suya era casi la única voz que se alzaba en defensa de un uso sostenible de los recursos medioambientales o en defensa de algunos de los más emblemáticos espacios naturales de nuestra geografía. Antes de centrarnos en las principales luchas ecologistas de nuestro autor, haré una breve aproximación biografía, tarea difícil cuando hablamos de alguien con una vida tan intensa como la Jose María Castroviejo, pero que nos ayudará a comprender el por qué de su férrea sensibilidad medioambiental.

Aproximación biográfica.

Nació en Santiago de Compostela, concretamente en el número 3 de la calle Senra, un día 4 de marzo de 1909. De familia acomodada, su padre Amando, era profesor en la universidad ocupando la plaza que perteneciera a Alfredo Brañas. Sus vacaciones transcurrían entre Paizás, en las tierras del Ulla y la casa que la familia poseía en la parroquia canguesa de Coio a los pies de la ría de Vigo. Ambos lugares dejaron honda pegada en Castroviejo, sus paisajes fuero a lo largo de su vida una suerte de paraíso perdido al que siempre hacía referencia en sus obras literarias. En estos lugares es donde nace su sensibilidad medioambiental y su oposición a todo elemento artificial que amenace el delicado equilibrio entre hombre y naturaleza.

La otra circunstancia familiar que forjó el carácter de José María Castroviejo como defensor de causas poco cómodas para los poderos del momento, fue el carlismo. La casa del abuelo estaba presidida por un retrato de Carlos VII y cuando Alfonso XIII (ellos se referían a él como don Alfonso) visitaba Santiago cerraban a cal y canto las ventanas y balcones de la casa de la calle Senra y evitaban dejarse ver en público. Castroviejo permaneció fiel a la tradición carlista de su familia durante toda su vida, así lo escribía en La Vanguardia de Barcelona en 1972: “El carlismo fue siempre regionalista y enemigo por tanto de la monstruosa centralización que hoy nos toca padecer. Figuras señeras del regionalismo gallego como Brañas o Losada Diéguez proceden precisamente de él. Si fue y es su mayor gloria un movimiento pobre de recursos financieros, pero iluminado con la ayuda de un aura popular que jamás ni en los peores tiempos le fue negada”. Su carlismo no fue ni integrista ni doctrinario, fue un camino libre y simbólico, fantástico por veces, un carlismo idealizado por lo que tenía de utópico y que le permitía modular sus inquietudes sin límites. No en balde, para Castroviejo el máximo exponente de lo que simbolizaba el carlismo era la poliédrica figura de su frecuentado Valle-Inclán.

En Santiago de Compostela, Jose María Castroviejo cursó estudios de Derecho y Filosofía y Letras. Son tiempos de juventud en los que compagina su militancia carlista con colaboraciones puntuales en la prensa republicana y tertulia con los fundadores del Seminario de Estudios Gallegos. En 1931 amplió estudios en la Universidad de Lyon y en el año 1935 consigue una plaza en la universidad compostelana, como profesor de Economía Política y Hacienda Pública.

José María Castroviejo participó en la Guerra Civil a bordo del crucero Almirante Cervera, donde fue herido. Al desembarcar en Ferrol, ingresó en el Hospital Naval de la ciudad, para una vez recuperado, incorporarse al Requeté. En el año 1938, en plena contienda, sucede un hecho totalmente excepcional en la zona nacional y que deja a las claras la libertad e independencia de espíritu que siempre caracterizaron a nuestro autor: Castroviejo publica su tercera obra poética bajo el título de Altura y en ella incluye un poema dedicado a García Lorca que había sido ejecutado por los sublevados dos años antes.

Después de la guerra, tras un breve paso por el Ministerio de Asuntos Exteriores como asesor cultural, se vuelca de lleno en la actividad periodística, fue director del El Pueblo Gallego y colaborador destacado de El Faro de Vigo, ABC, La Vanguardia de Barcelona o Destino. En estas tribunas es donde José María Castroviejo lanzará sus alegatos a favor de un uso más racional de los recursos naturales y del patrimonio paisajístico de nuestra región. Es tal su beligerancia, que en 1954 sufre el cese como director de El Pueblo Gallego tras impulsar, desde sus páginas, una intensa campaña a favor de la conservación de los recursos fluviales frente a los intentos de establecer industrias altamente contaminantes en sus márgenes y en defensa de una política pesquera sostenible, sin el uso de la dinamita o nocivas artes de arrastre.

Compaginó el periodismo con el interés en conocer experiencias internacionales que valieran de inspiración para su posible aplicación en Galicia. Y esta inspiración la encontró en países como Alemania o Suiza, pero sobre todo en la Bretaña francesa. Quiso para Galia, siguiendo el ejemplo de la Bretaña, una economía basada en la agricultura y en la pesca como fuentes principales de recursos, y en los que la industrialización se plantease con atención a los daños que podría generar la falta de planificación.

Jose María Castroviajo, falleció el 24 de marzo de 1983 en Tirán. A lo largo de su vida había sido finalista del Premio Nadal con su novela La Burla Negra, Guardia Mayor Horario de Caza y Pesca Fluvial del Reino de Galicia y Premio Nacional de Periodismo. Cultivó la amistad de importantes figuras del mundo de las letras, desde Valle-Inclán, Agustín de Foxá o Cunqueiro a Francisco del Riego o Ánxel Fole. Y es que, no hay duda de que nuestro autor fue una de las personalidades más notables de la cultura gallega de la segunda mitad del siglo XX.

La sierra de los Ancares y los montes de Cervantes.

Los Ancares serán una constante en sus artículo de prensa, reclamando una especial protección bajo una tutela estatal que salvaguardara sus características originales. Lo soñaba como un santuario natural, pero no en un sentido metafórico. Castroviejo, que era un hombre de profundas creencias religiosas, pensaba que la naturaleza era una obra mayor que el hombre no puede imitar y que tiene la obligación de proteger. Ya en 1943 publicaba en El Pueblo Gallego: “Realmente creemos que ha llegado el momento de que esto sea tomado en cuenta: los bosques que pueblan los Ancares y los montes de Cervantes ofrecen ejemplares únicos de robles, castaños, hayas, abedules, fresnos, avellanos, acebos, falsos plátanos, olmos… de talla y corpulencia tan prodigiosa, que raramente se encuentran, como decía el citado y culto catedrático, en otra localidad. Entre esto gigantes crecen en abundancia pródiga brezos y retama de tamaño notables, y zarzas y madreselvas que se enlazan de mil maneras, con los árboles y arbustos cerrando el paso al que sale de la senda, o borrando estas completamente cuando no se hace uso de ellas. Y aún queda sitio pata dar alimento a numerosas plantas herbáceas, fanerógamas, helechos y musgos que tapizan totalmente el suelo y hacen de estos lugares un verdadero paraíso para los botánicos”. Este artículo lo escribió tratando de salvar de la tala al bosque de Cereixedo. La tala finalmente se produjo, pero José María Castroviejo prosiguió con su lucha para la catalogación de los Ancares como un espacio protegido.

En el año 1943 únicamente existían en España dos parques nacionales, el de Covadonga y el de Ordesa. El sueño de nuestro autor fue crear en los Ancares el tercer parque nacional. Participó en todo tipo de foros para conseguir apoyos que enmendasen la desprotección de la zona. En el Club de Montañeros Celtas, en las sociedades cinegéticas o en los círculos culturales encontrará los lugares apropiados para expresar esta necesidad de protección para los montes de Cervantes. Allí hablará del bosque en otoño, del jabalí, del oso filosofo y de la “pita do monte”. Pero su labor de concienciación también lo llevará a llamar a las puertas de la administración. Los frutos de tanto esfuerzo llegarán en 1966 cuando la Ley 37/1966 de 31 de mayo, publicada en el BOE del 2 de junio, declara a los Ancares lucenses como Reserva Nacional de Caza para las especies de ciervo, gamo, corzo, “pita do monte” y jabalí.

Actualmente los Ancares continúan con este mismo nivel de protección, amparados eso sí, por una mayor legislación en materia ambiental, a partir de la transferencia de la competencia a la comunidad autónoma y su inclusión en el ámbito de la Red Natura 2000. Sin lugar a dudas, le debemos mucho a José María Catroviejo.

La pesca y el mar.

Nuestro autor fue también defensor del uso sostenible de los recurso marinos, con una visión adelantada para su tiempo. En la década de los 50, desde las páginas de El Pueblo Gallego propone una serie de mejoras en las prácticas de pesca litoral:

  • Establecer zonas vedadas a la pesca de arrastre hasta 10 millas de la costa.
  • Que las embarcaciones de más de 130 toneladas no pesquen a menos de 10 millas durante 5 años.
  • Establecer 3 meses de veda anual para las artes de arrastre.
  • Reglamentar el tamaño de las mallas para no capturar a las crías.

Estas propuestas y las constantes llamadas de atención sobre el uso de explosivos en la pesca, la ausencia real de vedas o la falta de delimitación de espacios de cría; fundamentan el contenido de numerosos artículos, que desde El Pueblo Gallego, pretenden suscitar una adecuada ordenación de la pesca en Galicia. Se trata de planificar para no llegar a un agotamiento de los recursos pesquero y así asegurar el futuro del sector y de las industrias dependientes del mismo. Sin embargo la visión cortoplacista de las autoridades del momento le canjea poderosas enemistades que finalmente logran su cese como director de El Pueblo Gallego.

José Maria Castroviejo no se arruga y pronto encuentra un nuevo altavoz para sus reivindicaciones a favor de la pesca sostenible, nada más y nada menos que el madrileño ABC.

El patrimonio fluvial gallego.

Fue muy destacada la oposición de José María Castroviejo al proyecto de instalación de una fábrica de pasta de papel en el río Ulla. Escribe un primer artículo en 1951, a partir de ese momento liderará la opinión de considerar los recursos naturales por delante de cualquier otra argumentación, incidiendo en que se necesita estudiar a fondo la forma de implantar la industria con el menor impacto ambiental posible. Uno de los argumento con mayor peso de los utilizados por nuestro autor es el de las consecuencias negativas que ocasionarán las actividades madereras en los afluentes del río Ulla.

En sus artículos de prensa, Castroviejo denuncia que nuestros ríos y sus tesoros no sólo están amenazados por la instalación de industrias que viertan residuos y contaminen sus cauces, sino también por las presas hidroeléctricas, que impiden los remontes de los salmónidos y por las malas artes empleadas en la pesca deportiva. En ocasiones, la postura de nuestro autor fue tachada de retrograda, incluso cuando lo que defendía era la necesidad de estudios rigurosos en los que se pusiesen en valor las ventajas y desventajas de la industria en los entorno fluviales. José María Castroviejo, buscaba de esta forma, que las decisiones se tomasen atendiendo a datos no a especulaciones. Pedía nuestro autor una adecuada ordenación de los caminos fluviales, que se encargó de reforzar con relatos históricos y paisajísticos. Cuando hablaba de preservar los ríos, siempre complementaba la visión técnica con otros matices que apelaban a los vínculos emocionales de los implicados en su custodia.

A modo de conclusión.

Hasta aquí algunos ejemplos de las luchas medioambientales de nuestro autor, no fueron las únicas, ahí están sus artículos sobre el lobo o su firme oposición a la introducción de especies forestales invasoras como el pino o el eucalipto. Jose María Castroviejo fue un pionero en la defensa y promoción medioambiental en Galicia, en muchos aspectos fue un adelantado a su tiempo y algunas de sus predicciones tuvieron un carácter profético. Sin embargo, en su defensa del medio nunca calló en el error de negar la posibilidad de una convivencia armónica entre el hombre y la naturaleza. Y esta es la lección que muchas veces olvidan los ecologistas de hoy en día.

Mientras que en países como Gran Bretaña o EEUU figuras equiparables a la de nuestro autor, como pueden ser Sir Roger Scruton o Wendell Berry, gozan de notable popularidad y reconocimiento; en Galicia, José María Castroviejo sigue esperando no solo un redescubrimiento como escritor y periodista, sino también un puesto de honor como pionero del activismo comprometido con la sostenibilidad y el medio ambiente.

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