El carlismo y el cuidado de la casa común.

Desde sus orígenes el carlismo ha tenido un especial arraigo en las zonas rurales de nuestro país, cuyos hijos vinieron engrosando sus filas desde el temprano 1833, transformándolo en el único movimiento político realmente popular del siglo XIX español.

Estas áreas rurales habían desarrollado a lo largo de los siglos complejos modelos productivos e institucionales que les permitían un uso equilibrado y sostenible de los recursos naturales. Los bosques y pastos comunales, las cañadas y corporaciones pecuarias o las comunidades de regantes, eran arreglos institucionales nacidos de la experiencia histórica y del conocimiento de medio local de los que disponían sus usuarios.

Este equilibrio entre la actividad humana y el medio natural donde se venía desarrollando, fue gravemente alterado por las políticas liberales y centralitas, que progresivamente fueron aniquilando la organización socioeconómica de aquellas comunidades, siendo el carlismo el movimiento natural de resistencia de un mundo que se negaba a morir. Especial mención merecen las desamortizaciones, iniciadas por los gobiernos del despotismo ilustrado y que alcanzaron su apogeo  durante el gobierno de Mendizábal y durante el llamado Bienio Progresista. Las desamortizaciones fueron seguramente la mayor catástrofe ecológica sufrida en la península ibérica durante los últimos siglos: enormes extensiones de bosques de titularidad comunal y corporativa fueron privatizados para acabar siendo talados y roturados, causando un inmenso daño ecológico. Así mismo la expropiación de estos bienes comunales privó a las familias campesinas de un recurso clave para sus economías domesticas, iniciándose así  un grave proceso de abandono del rural que llega hasta nuestros días.

Afortunadamente, hoy los carlistas ya no estamos solos en la defensa de un uso sostenible de los recursos naturales o en la importancia de las soluciones basadas en instituciones de acción colectiva para el buen gobierno de recursos comunes como las cuencas hidrográficas, las pesquerías o las tierras de pasto y cultivo. Sin embargo, en España, hay algo que diferencia al carlismo de otros movimientos ecologistas, y es el arraigo y vinculo histórico que el carlismo tiene con esas comunidades humanas que durante siglos han custodiado el territorio donde se asientan. La sostenibilidad no puede olvidarse de su dimensión humana y social, sino que debe tomar en cuenta el fortalecimiento de las familias y las comunidades humanas que constituyen y ofrecen redes de apoyo y solidaridad. La decencia de una sociedad también se mide por su modo de acoger e integrar a los más débiles, desde el vientre materno hasta la vejez.

El carlismo del siglo XXI se plantea el reto de generar un crecimiento sostenible, respetuoso con el medio ambiente y enraizado en la experiencia histórica  y en el conocimiento del medio local de las comunidades que en él habitan. No se trata sólo de aportar meras soluciones técnicas, sino de promover un autentico cambio cultural, que afecte a nuestro estilo de vida y a los vínculos entre las generaciones.

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